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Memoria Feminista-Clotilde Morales

4 de Marzo de 2021

Entrevista a Clotilde Morales, última militante del PCE en Tarbes (y una de las primeras)   Clotilde Morales nació en Madrid, en el barrio de Hortaleza, en 1930 y reside desde su infancia en Tarbes, la ciudad en la que finalizó el éxodo de su familia tras el exilio al terminar la Guerra Civil.

En sus palabras deja entrever un sentido de la militancia y del feminismo propio de las camaradas de su generación, a las que debemos la reorganización de la primera resistencia antifranquista y de todos los movimientos de lucha y conquista de la libertad posteriores.

Clotilde con su hijo en brazos en un mitín del PCE en Tarbes (Francia)

 

Ese sentimiento de militancia y feminismo no surge de planteamientos conceptuales, ni tampoco de tomas de conciencia, sino de una experiencia vital tan brutal que las lleva a anclar la vida en la lucha y la lucha en la vida, de forma que ambas son inseparables, como lo son lo cotidiano y lo político, lo familiar y lo social.

Nuestra camarada Clotilde Morales transmite un profundo sentimiento de unidad entre hombres y mujeres motivado por las terribles experiencias que atravesaron juntos: la guerra, el acoso social y moral, el éxodo, el exilio. Y fruto asimismo de la solidaridad indispensable que desarrollaron, también juntos, para reconstruirse y reconstruir la resistencia al fascismo, hasta la victoria.

Con la autoridad que le otorgan más de 70 años de militancia, la camarada Clotilde nos insta a la unidad entre hombres y mujeres y a esa igualdad esencial, en todos los terrenos, para luchar contra el patriarcado y contra los fascismos en ciernes.

 

¿Podrías contarnos un poco sobre tu participación en política y los diferentes movimientos sociales a los que perteneces? ¿Cuándo empezaste a militar en el PCE y por qué?

Yo nací en Madrid, en los años 30. Empecé a ir a la escuela, poquitos días, y cuando ya empezaba a leer y a escribir nos explotó el 36. Toda mi familia, mi madre, mi padre, mi hermano –un año mayor que yo– y yo nos tuvimos que marchar a Valencia, porque mi padre creía que estaríamos mejor, por escapar de los bombardeos.

En Valencia requisicionamos una casa (los fascistas se habían ido a Baleares y nos pudimos meter ahí, en un piso), hasta el 37. Como ya venían las cosas mal, nos fuimos a Barcelona, casi en el 38. Terrible, los bombardeos, continuamente, continuamente, y los fascistas cada vez avanzaban más, porque nosotros, desgraciadamente, no teníamos ayudas, salvo las Brigadas Internacionales, que vinieron del mundo entero. Yo los vi cuando ya se dieron cuenta de que la cosa iba mal para nosotros, después de lo que habían luchado todos, y de todos los muertos que habían tenido... Yo tenía 8 años, y mientras los veía marchar, cantaba las canciones revolucionarias de la época.

Mi padre, con la República, formaba parte del Socorro Rojo, pues era chófer. Iba recogiendo los heridos y los muertos tras cada bombardeo. Pero lo tuvo que dejar, el coche del Socorro Rojo. Llegamos a Figueras en medio de un bombardeo de los más duros que hubo. Nos escondimos en una casa y, cuando salimos, vimos que todas las casas alrededor nuestro habían caído. Tuviemos suerte de salir vivos de allí.

Y de allí, hacia Francia. Mi madre, que había cogido cuatro cosillas, las iba sembrando por el camino, llorando, hasta La Junquera. Los del Socorro Rojo nos metieron a mi hermano y a mí con otros niños en un barracón y nos dieron un bocadillo con jamón que fue una felicidad para nosotros. Desde allí ya empezamos la dichosa Retirada.

Entramos a La Junquera el día 6 de febrero [de 1939] por la noche, y nevaba.

Nos dijeron que teníamos que ir hacia la estación, pero no sabíamos dónde estaba esa estación, así que seguimos como «donde va Vicente, va la gente». Nos metieron en un tren sin saber adónde íbamos, mi madre, mi hermano y yo. Mi padre había quedado al otro lado de la frontera, en España. No dejaban pasar más que a las mujeres y niños.

En el tren estuvimos dos días y una noche sin saber adónde íbamos. Nos paraban en sitios como Burdeos y ciudades grandes, y la gente nos daba bocadillos, hasta que nos bajaron en Brest [Bretaña]. Ahí nos metieron en un camión y llegamos al pueblo de Loctudy, a un castillo muy bonito, que habían hecho para la Guerra del 14, pero fuimos nosotros los que lo inauguramos, los refugiados españoles. Estuvimos 3 meses y allí también recibimos mucha ayuda de la Cruz Roja, vestidos, jerseys... Después, en la Guerra del 39 lo necesitaron de nuevo, el castillo. Entonces nos enviaron a una isla de Bretaña, donde había una antigua fábrica de conservas. Nos dieron unos sacos, paja, y al suelo a dormir [1]. 

La Cruz Roja nos enviaba unos carteles con los nombres de las personas, para saber dónde estaban. Y mi madre, que por suerte había ido a la escuela y sabía leer y escribir, vio el nombre de mi padre, que estaba en Argelès-sur-Mer. La Cruz Roja suiza también nos ayudó mucho. Y entonces pudiron tener una correspondencia, mi padre y mi madre.

Al empezar la Guerra del 39, a los hombres que tenían un oficio los sacaron del campo de concentración y a mi padre lo llevaron a Oloron Sainte-Marie [Pirineos Atlánticos], cerca de Pau, para trabajar en una fábrica de aviación [2].  Pero eso duró poco, porque necesitaban a los hombres de una manera o de otra, y a nosotros nos metieron a comer en los comedores populares [3].

Mi madre estaba con mi hermanita, que acababa de nacer, y se presentan dos gendarmes y le dicen a mi padre «allez allez». Siempre estaban con eso, «allez, allez» [vamos, vamos]. Y sin saber dónde, se llevan a mi padre otra vez. Nos metieron en camiones hasta el Campo de Gurs (https://es.wikipedia.org/wiki/Campo_de_Gurs), no muy lejos de Pau y de Oloron Sainte-Marie, uno de los más grandes de Francia. Un verdadero campo de concentración. Porque los franceses decían que no, que era de acogida, pero era un campo de concentración. Mi hermanita tenía dos meses, a finales del 40, y estuvimos dos años allí. Mi hermana fue salvada de una broncopulmonía por un médico refugiado del campo, que le daba instrucciones a mi madre de cómo bañarla, aprovechando la estufa que teníamos en medio del barracón.

[En este punto trato de llevar la entrevista hacia la temática del 8 de marzo, y Clotilde me pregunta:]

¿Tú sabes si ahí donde estáis existe todavía la Unión de Mujeres Antifascistas? [4] Habría que preguntarles a las camaradas francesas. Porque el 8 de marzo empezó en América, y nosotras hicimos manifestaciones durante muchos años, pidiendo esto y lo otro, pero ahora ya no...

¿Cuándo empezaste tu a militar?

Pues cuando salimos del campo de concentración, en el que estuvimos dos años, a mi padre lo pusieron a trabajar cerca de Tarbes. Eso es muy importante, porque Tarbes acogió a muchísimos españoles [5]. 

Yo entré en la JSU (la Juventud Socialista Unificada) a los 16 años. Y tengo que decir que la JSU nació el 4 de abril del 39, que es mi cumpleaños [se ríe]. Cuando había reuniones del Partido, si teníamos algún papel algo más interesante, nos dejaban entrar. Era en los años 46 a 50. Y ahí conocí a mi marido, Fausto Fernández. Entonces entré en el Partido también, un poco más tarde: tendría 17 o 18 años. Con mi marido hicimos un cuadro artístico, donde hacíamos teatro, pensando siempre en todo lo que teníamos que hacer hacia España.

Interpretábamos obras como La zapatera prodigiosa, o Las trece rosas, siempre en relación con España, en un teatro. Y el dinero que sacábamos lo enviábamos a los familiares de presos, a personas concretas que sabíamos que eran buenas. A mujeres de camaradas que estaban presos. Eso les ayudaba a ellos, que no tenían nada. Les enviábamos los cheques, y ellos se encargaban de repartirlo entre las personas que estaban presas, para comer, para la familia...

Teníamos una camarada que se ocupaba de enviar cartas a los familiares de los presos. Cuando esta camarada empezó a hacerse mayor, yo asumí la responsabilidad. Y tengo muchas cartas de esas. Si un día me voy, las voy a dejar... las tengo bien preparaditas en un sitio que mi hija conoce, las cartas de los presos.

Teníamos que escribir cambiando el sentido de la conversación: «Bueno, entonces tu tío ya está de vacaciones, tal y cual», y hablábamos así con la familia de los presos. Hemos trabajado mucho. Tarbes ha sido un sitio, junto con Toulouse, donde más militantes ha habido. Aunque Toulouse era más grande, en Tarbes éramos más de 100 militantes [del PCE], y hoy estoy yo solita... ¡Solita!

Las mujeres en esas cartas hablaban poco, solo decían «Acaba de salir. Ha estado de vacaciones...», y de forma encubierta. Hay un libro de una camarada, Nos quitaron la miel, de Rosalía Sender (https://elpais.com/diario/2005/06/30/cvalenciana/1120159080_850215.html), que tenéis que leer. Tú, búscalo en Internet. Ha sido una camarada estupenda. Ella formó el equipo de mujeres antifranquistas en Valencia. En ese libro, ella habla de todo esto.

¿Somos las mujeres esenciales en la lucha contra el sistema capitalista y patriarcal? ¿cuál ha sido la aportación de las mujeres?

Claro que sí, lo hemos sido, junto con los hombres. Algunos no estaban del todo de acuerdo. Las mujeres siempre hemos sido las más sacrificadas en todo. Muchas hacían los viajes a escondidas, para enviar Mundo Obrero, por ejemplo. Iban a España a escondidas. No hacíamos diferencia entre mujeres y hombres. Iban con sus maridos, o a veces con amigos, tenían que pasar por muchas situaciones delicadas, a ver si me comprendes... Una de ellas, que viajaba con su marido, está ahora en Zaragoza con él. Fueron de los primeros que entraron a trabajar en el Partido clandestinamente en España. Se inventaron un trabajo, por ejemplo, estos tenían una tienda donde vendían aperitivos, café... esa era su tapadera, pero clandestinamente hacían el trabajo del Partido, hombres y mujeres.

Otras mujeres iban solas, con amigos, cogían el autobús, o el tren, pasaban la frontera con papeles falsos, iban al sitio que les habían indicado y dejaban el paquete de lo que fuera allí. Todo eso era en la clandestinidad. Eso lo tienes que apuntar. Nosotros aquí en Francia, en los años 49-50 hemos trabajado clandestinamente y los camaradas franceses nos han ayudado mucho. Ellos recibían el Mundo Obrero, o Nuestra Bandera, muchas cosas, lo ponían en un granero, y de ahí lo cogíamos. Pero éramos clandestinos.

A muchos los atraparon y los echaron fuera de Francia, a Polonia, a África, a Alemania... o los llevaban a otra región, los desterraban a Bretaña, por ejemplo, o a esa isla italiana...[6]

Luego había festivales de la juventud. En el año 51 me enviaron de delegada con otro camarada a Berlín, nos hicieron visitar un montón de cosas, nos acogieron muy bien, muy bien, los camaradas de Berlín, y estuvimos un mes. Yo, por ejemplo, visité las casas de los niños, veía cómo los trataban. Nosotros veíamos cómo hacían las cosas, y enviábamos la información a España.

Pero hoy en día no se puede hacer nada. ¡Y yo estoy harta de que tengamos ahí a los fascistas todavía! Pero más que harta, más que harta... porque este Vox está haciendo una verdadera... están instalando el franquismo de nuevo. Tened cuidado, tened mucho cuidado...

¿Qué más hacíais las mujeres militantes?

También comprábamos muñecas de celuloide pequeñas, las vestíamos con trajes regionales de España, y cuando era la fiesta del Partido francés, las vendíamos a montones, y ese dinero lo sacábamos nosotras, las mujeres. Después, también muy importante, hemos trabajado durante 20 años en el festival de Mundo Obrero en Madrid. Desde aquí salíamos con coches y con lo que teníamos. Como vivimos en la región del paté y de los patos, pues eso era lo que llevábamos, y en Madrid les encantaba. Y sacábamos dinero. No lo hacíamos por separado. Éramos las mujeres y los hombres, todos juntos. Las mujeres hacíamos lo que podíamos. Una de las veces me tocó hacer de cocinera para nuestro grupito, junto con un camarada de Burdeos. Nos juntábamos con los de Burdeos, con los de Toulouse...

A ti te interesan las mujeres sobre todo... pero ese trabajo de las mujeres se dejó un poco de lado, tanto las francesas como nosotros... la Unión de Mujeres se dejó de lado y casi todas entraron en el Partido. Esa es la verdad.

[Clotilde, que tiene ya 91 años, centra todo su testimonio en el pasado, en una época en la que la prioridad es la lucha contra la dictadura. Además, según la historiadora Mónica Moreno-Seco (https://www.cairn.info/revue-vingtieme-siecle-revue-d-histoire-2015-2-page-133.htm?contenu=resume), en aquel momento, «hacer aceptar a las mujeres comunistas el calificativo de feminista era muy difícil, porque el término estaba asociado a un movimiento burgués que dividía a las mujeres y a los hombres». Sin embargo, al hablarnos espontáneamente de sus nietos, al final de la entrevista, Clotilde pone de manifiesto su conciencia de las desigualdades y los problemas de género actuales.]

En la Unión de Mujeres yo no tenía ningún cargo especial, aparte de escribir a los presos y enviarles dinero. Ese era uno de mis papeles.

La militancia luego continuó, nos seguíamos reuniendo, pero ya no solo las mujeres, íbamos todos juntos, cuando ya nos metimos en el Partido. En Tarbes no ha habido diferencias entre los hombres y las mujeres, todos juntos hacíamos todo. Además, yo había entrado en el Partido mucho antes de entrar en la Unión de Mujeres.

¿Y por qué entraste en la Unión de Mujeres?

En la Unión de Mujeres entré porque vi primero a las francesas, que tenían sus reuniones, y yo me entendía muy bien con ellas. Teníamos nuestra prensa de mujeres, que ya no me acuerdo cómo se llamaba.

Pero para mí, lo más importante fue la unión de mujeres y hombres, franceses y españoles. Los franceses nos ayudaron mucho, y también nosotros ayudábamos a los franceses cuando había elecciones, íbamos con los boletines, subiendo y bajando escaleras...

¿Es difícil ser mujer y militar en una organización política como el PCE? ¿Existen contradicciones?

No era difícil. Yo nunca he trabajado, me he ocupado de mi familia, de mis hijos, y luego, con los franceses, por ejemplo, preparaba la comida para los obreros de tal o tal fábrica. Sí, eso [no hacer trabajo remunerado] me permitía estar al lado de los obreros.

Hacía mis tareas del Partido antes, y mi marido nunca puso problemas. Pero sí me acuerdo una vez que me fui a una reunión en la que él no tenía que ir, y cuando volví dijo «¿habéis arreglado el mundo ya?». Se reían un poquito de las mujeres, eso sí, como si no nos tomáran mucho en serio, pero no lo hacían con mala intención. «Pues hemos hecho lo que hemos podido –le decía yo– mientras que tú estabas durmiendo ahí» [se ríe].

Te hará reir esto, pero si supieras las cosas que hemos vivido y que hemos pasado juntos... La madre de mi marido llegó a estar atada a un árbol esperando que la fusilaran... Mi marido y ella llegaron directamente a los campos de refugiados de París, en la región Le Loiret, porque mi suegra militaba en el Partido ya en España. A mi marido lo pusieron a cortar leña con 16 añitos, en esos campos, y mi suegra se ocupaba de hacer la comida para todos los que cortaban la leña. Fausto, mi marido, se ha ocupado de muchas cosas. No voy a inventar nada, pero ha hecho mucho, mucho.

El patriarcado siempre ha sido como ha sido: han querido dominar a la mujer, pero en el Partido, aunque nos dieran de cuando en cuando una patadita, se daban cuenta del trabajo que hacíamos, así que no eran patriarcales. Veo horrible que un hombre trate a la mujer mal, sea la suya o la vecina, me da igual. Eso es horrible y tiene que desaparecer.

¿Recomendarías a otras mujeres militar en el Partido Comunista para defender sus derechos y luchar contra el patriarcado?

Pienso que debería haber una unión entre las mujeres y los hombres y dejar de lado ese patriarcado, eso que hay que quitarlo. Y las mujeres, que no se dejen hacer, decir «aquí estoy yo, y mando tanto como tú».

Dolores Ibárruri, por ejemplo, hizo siempre lo que quiso. Tenía su carácter, pero no todas las mujeres tenemos ese carácter. También depende de con quién estás viviendo. Si te aplastan, no te dejes aplastar. No sé cómo decírtelo, pero te lo digo de la manera más sencilla.

¿Qué necesita el PCE para ser más feminista? ¿Ha cambiado el Partido en este sentido?

Yo considero que tenemos que ser todos iguales. No nos dejemos hacer, que no nos aplasten, pero tampoco querer ser más que los demás. Todos iguales, ni más, ni menos.


[1] Se refiere al Chateau du Dourdy, que acogió a 300 refugiados españoles a partir del 8 de febrero de 1939, contra la opinión de la alcaldía derechista de Loctudy y hasta su requisición por la Marina francesa, al entrar Francia en la Segunda Guerra Mundial. Los refugiados, entre ellos Clotilde, serán entonces transferidos a la Isla de Tudy y alojados en la antigua fábrica de conservas de Béziers-Lecointre (datos tomados de https://www.letelegramme.fr/finistere/pont-labbe/retirada-le-dourdy-chateau-d-accueil-13-02-2019-12208328.php

[2] Se trata de la Fonderie Messier, todavía en activo. L'Humanité recoge en un artículo  https://www.humanite.fr/aux-confins-des-pyrenees-un-territoire-de-luttes-699205 el positivo y duradero impacto social que tuvo la presencia de los refugiados españoles en la vida sindical del pequeño municipio de Oloron-Sainte-Marie.

[3] Al comenzar la Guerra del 39, los refugiados españoles en Francia tuvieron que elegir entre la repatriación, el éxodo a un nuevo país de acogida o permanecer en Francia. Para esto último, los hombres debían alistarse en el ejército o bien aceptar los trabajos que se les ofrecían a través de la Compañía de Trabajadores Extranjeros. Según Vicent Parello, https://journals.openedition.org/bulletinhispanique/4328 «existe una continuidad entre la explotación de la mano de obra indígena en las colonias francesas en el periodo de entre guerras, y creación, al final de la III República de las CTE y el establecimiento del sistema de agrupaciones de trabajadores extranjeros (GTE) bajo el régimen de Vichy. En la más pura tradición colonial y capitalista, se trataba de hacer frente a la crisis económica, de ejercer un control ideológico sobre ciertas minorías y de realizar una plusvalía a costa de la mano de obra del trabajador». Ver también https://revistaayer.com/sites/default/files/articulos/46-7-ayer46_NaturalezaConflictoSocial_Sabio.pdf  

[4] Clotilde ha de referirse a la Unión de Mujeres Antifascistas Españolas (AMAE), continuación de la Agrupación de Mujeres Antifascistas en el exilio republicano). Fue una entidad asociativa de carácter antifascista, feminista y unitaria creada en 1933 por el Partido, en un principio como sección española de la organización internacional Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, también conocida como Rassemblement Mondial des Femmes, creada en Francia por iniciativa de la Internacional Comunista, tras el triunfo de Hitler en Alemania en el mismo año.

[5] En abril de 1939 había registrados 2093 refugiados españoles en el departamento francés de Hautes-Pyrénées, en que se encuentra Tarbes, de los cuales, 905 se reencontrarán con parientes que ya habían emigrado a la región con anterioridad. Los demás, serán alojados en centros de acogida. Viente años más tarde, entre emigrados económicos y refugiados, serán más de 7000. En 1968, viven en el departamento 8512 españoles, que constituyen el 77 por ciento de la población extranjera. Se reagrupan en barrios como el «barrio negro» de Tarbes, y trabajan en la construcción de presas, fábricas o minas, donde los trabajos más duros les son reservados. El Departamento de Hautes-Pyrénées ha reconocido la aportación a la sociedad francesa de estos compatriotas, entre ellos muchos camaradas, en una exposción celebrada en 2004 https://www.persee.fr/doc/homig_1142-852x_2004_num_1249_1_4194: «Pero esos españoles “indeseables” se convertirán en “indispensables”. Indispensables para la economía nacional, indispensables para el esfuerzo de guerra, indispensables para defender a una Francia ocupada que lucha por liberarse del yugo nazi». Entre esos españoles “indispensables” se encuentran Clotilde Morales y Fausto Fernández.

[6] Dentro de ese nuevo éxodo que sufrirán muchos de nuestros camaradas, 7288 refugiados españoles en Francia serán deportados al campo de concentración de Mauthausen, y 4676 no regresarán jamás.

 

 

 

 

Categorías: Área de Feminismo

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